Miguel Angel Padilla novat@

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Publicado: Vie Oct 20, 2006 10:49 am Asunto: Poema perro apaleado Galicia |
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PERRO DE AGUIÑO
I
El hombre terror te robó el aroma de las flores,
el hombre terror tiñó de sangre tu cielo,
el hombre terror hundió en ti un gran dolor,
pero sobre la hierba y a la luz del día
un ángel grabó la guadaña,
su siega de estrellas en tu ladrido helado,
el encogimiento de tu cuerpo, su caída
hacia el abismo de la pena.
Perro de Aguiño,
soledad,
soledad en un mundo de millones de habitantes,
solo en el pequeño cuerpo de un perro,
solo, solísimo y soledad y arriba de tu hocico el cielo desierto
y bajo tus pezuñas la sola tierra deshabitada,
perro-amor, perro-viento, perro-
primavera,
huye del desamor y de la muerte por la senda de flores
de los corazones de los que en verdad te amamos,
hombres-perro, hombres-
hierba que corremos a Aguiño,
a los pueblos de España, del mundo, a gritar que los animales
son bellas y sagradas manifestaciones
de la naturaleza, que todos somos Uno, el mismo, la
Vida.
Y a los hombres terror enseñaremos a sonreír
por sembrar flores,
no
por pisarlas.
Perro de Aguiño,
ya nunca más tu cuerpo como un ave abatida
ni los pétalos de tus ojos
como una flor en la nieve:
todos los perros del mundo, desde todos los rincones de la Tierra,
ladran ahora hacia tu agresor
por ti.
II
Aún recuerdo tu cara,
el desierto de tu cara sin cielo ni aves, tú todo arena
sonriendo rodeado de vecinos
aclamando tu apaleamiento
del perro de Aguiño.
Soy la Tierra.
Nunca olvides,
Juan Lado Palmier,
que la sonrisa más amplia,
más abierta, más blanca, más mordaz,
es la que arquea el rostro
ya sin carne.
Y cuando tu caída,
cuando tu descenso, Juan Lado, a mi entraña bajo la hierba,
habrá un hondo silencio de cordilleras y de cielos huecos,
un silencio de mariposas quietas en el aire,
un silencio de todos los caballos detenidos,
un silencio de alas y picos atentos,
de árboles con las raíces hormigueantes
de tanta tensión por no mover ni una sola de sus hojas,
un grave silencio de viento sin brisa,
de luz detenido su descenso de colores sobre las cosas del mundo,
un silencio de tierra apretada como un estómago contraído,
un silencio apretado de silencios en una plancha rígida
que lo retiene todo en estaturarios,
contraidísima mi carne en el despreciativo silencio del mundo,
un asco del silencio mostrando su repulsa a la llegada
de cualquier sonido que atestigüe tu caída y roce con la tierra:
No te quiero en mi seno.
III
Juan te llamaba Ronny, pero
Amor
te llamaré yo.
Juan Lado Criminal no tenía derecho
a nombrarte, Amor, yo te rebautizo, yo
te corono con una nueva palabra
que traída por el viento
no revuelva tu estómago
ni humedezca tus ojos
como lo hacía la palabra
-la llamarada,
el granizo,
el tornado,
la helada,
el latigazo,
la hoz-
Ronny.
Pero, Amor,
¿qué ves por donde ahora andan
las elevaciones de florecillas
en luz
de tus patitas rápidas?, ¿qué huele tan incesantemente
tu ahora verde hociquito fresco
por ese camino colorido de luces
por el que te veo alejarte
cabizbajo?, ¿buscas
acaso
algún olor del pasado
-desamor, nostalgia-?, ¿hay la soledad también
en la muerte, Amor? Te observo
tan encendido en luz que no distingo
si es tu interior radiante el que refulge
o es que está intentando entrarte el mismo sol
por tu pelo y carne
-y por eso ardes amarillo-,
de tan hermoso y “centro” que eres,
para brillar cada mañana
desde ti,
pero un signo oscuro y triste en tus ojos,
algo en tu apretado paso,
en tu a veces detenerte de repente
y mirar hacia atrás con nerviosismo,
me hace sospechar,
Amor,
¿añoras algo?, ¿tu corazón
-aun cuando todo tu ser fulge en luz-
por cuántas dagas es atravesado?
¿recuerdas alguna flor,
alguna imagen tierna de un insecto hermoso
contemplado en mitad de una situación de pánico?,
¿evoca tu cabecita ahora
entre tantos y tantos días tempestuosos
el majestuoso rostro –hondísimo, dolorosísimo desamor-
de un muy amado y por tanto inolvidable
luminoso día de hierba?
Te entiendo, Amor, los humanos también,
a veces, vemos caer
praderas enteras por el grito de nuestros dedos
mientras la vida encarcela en nuestros pechos
desiertos que proyectan segundo a segundo hacia nuestra cabeza
un sueño de árboles.
Pero
qué bellos esos descolgamientos del cielo en forma de cálidas
(manos
azules
acariciando tu lomo a tu avance
y tú arqueando sonrisa,
qué bello,
y qué bello ese llegar de voces dulces de todos lados
susurrando tu nombre con inacabable ternura
y tú arqueando sonrisa,
qué bello;
qué bello, Amor, tu rostro todo en luz
abrazado todo tú en amor por fin y sin sentir ya la hoz
del desamor rajando en tu pecho una puerta al frío,
al multitudinario trino de los acordeones fúnebres
de la voz
y luego el negro llanto incesante que subía de tu adentro
y que hacía crecer tu pena-cuerpo como un perro triste gigante
llenando el mundo con su pena de ojos cerrados y silencio, pero
¡no!, aquí
no la voz ni
la oscuridad: ojos abiertos y
la luz llenándolo todo caliente como una madre rodeante,
aquí
la paz sin ruidos con espinas o filos –una paz de rozar de pétalos-,
aquí, aquí
el beso completo y redondo –de cerrar los ojos y llorar de placer-
y el amor sin mazos de nubes negras acechando cada pensamiento,
qué bello, Amor,
qué
bello.
¡Amor,
detente!, quiero contarte,
antes del alejamiento
definitivo
de tu carne y huella,
todo lo que ha ocurrido
por ti.
Hubo música en tu nombre, Amor, en nombre
de tu grito helado de mujer
maltratada, de tu crujir de árbol talado
que nunca terminaba
de caer y que humedeció la tierra en los cementerios
de lágrimas que se filtraban tumba arriba:
Lyvon: Yolanda Trueno, relampagueante, convocó
el “Akelarre blanco” de sus músicos, que compusieron
en dos días –sin dormir, sin comer, sin sentarse-
un himno musical que inmortalizó a Juan Lado
-como sólo la música es capaz de hacerlo-,
con su palo en alto en el Parnaso de los asesinos.
Y hubo poemas, Amor, y hombres y mujeres
lloraron sordamente como árboles incendiados
con martillos de versos que agrietaron estatuas,
así de nuevo la poesía triunfó levantando al pueblo,
sus corazones hondeando rumbo a la compasión.
Hubo manifestaciones, ríos de humanos-perros
rugieron bajo el sol, rodaron a Aguiño,
delante de los abrasadores desiertos de las caras
de aquellos que apoyaban a Juan Criminal
y yo vi llorando cómo a tus hermanos-perros les crecían hojas
verdes por todo el cuerpo mientras
eran insultados, era insultado todo el siglo XXI, toda
la humanidad, todos los muertos humanos
caídos en todas las batallas por el amor, y eran
escupidos tus restos, tu cuerpo amoratado,
tu cósmica herida aún latiente en cada memoria
reverdecía de hoja verde en las laderas del acantilado de la pena,
y Juan Lado seguía sonriendo en el recuerdo,
sonreía su boca terrible en la memoria
incluso de las madres que en todas las maternidades del mundo
parían,
pero aun así se producían las primaveras en las cunas,
pero aun así brotaba la hoja verde entre los labios del neonato
y la flor del ladrido en el hocico del naciente perro,
y seguían naciendo animales en todas las madrigueras
y todas las madres lamían, aun bajo el trueno de tu sonrisa,
a sus hijos en sus cubiles.
(Porque la vida sonríe también,
criminal,
mientras la muerte sonríe.)
Hubo recogidas de firmas, Amor
-era una primavera de manos blancas como pétalos de margarita
firmando en todos los puntos de España
evocando tu grito-,
y se denunció a tu asesino,
se premió a tu denunciante y hubo tanto llanto
por ti
que muchos todavía no podemos andar con firmeza
entre tantas corrientes de agua
encontradas,
entre tantos ríos de bilis,
sangre
y lágrimas
por tu hondo lamento
de mujer
y árbol.
Pero sigues caminando
y tus patitas ya son transparentes
como el aire,
y ya las estrellas están tan bajas
y ya el cielo se une tanto con el mar
que es tu suelo
por donde andas
azul
como tu ya azul
cuerpo,
y ya no la nostalgia,
por fin,
y ya no la pena,
por fin,
y ya no el desamor,
por fin,
y ya no el incesante dolor como cientos de bosques cayendo sus árboles a la vez en el interior de tu pecho,
por fin,
perro de Aguiño,
perro de mar,
perro de viento,
perro de hierba,
perro-amor,
perro-humano,
perro-eterno,
perro-todos-los-perros,
¿es el futuro de todos los animales el lugar donde ahora veo que adentras tu cuerpo perfecto,
un valle calmo y a años luz del miedo,
lleno de vegetación y colmado de dicha, fundido tú,
la Belleza,
con el Todo?
¿Es
acaso
el corazón de todos nosotros unido en un solo territorio
donde ahora te introduces?
Pero ya no te veo, Amor,
sólo veo
un cielo azul inmenso
que todo lo abraza
con su vastedad
azul
y lloro,
lloramos,
de pie los humanos del futuro desde el mirador del amor puro,
de alegría,
de alegría de haz de luz que recorre una larga y tortuosa cueva hasta su fondo, y allí la luz,
ya exhausta,
delgadísimo hilo de tela de araña,
aun así consigue entrar en el inmenso centro de la gruta,
agrupando de nuevo sus majestosos corceles amarillos,
e iluminar con fuerza una oscuridad de siglos,
por
ti. |
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