Roberto Morales Master King

Registrado: 29 Dic 2005 Mensajes: 617 Ubicación: Mar del Plata
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Publicado: Jue Dic 29, 2005 11:49 pm Asunto: Esas compañías |
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Mi vista recorría – como un rito diario – cada uno de los edificios. Él, un hombre flaco, alto, bastante corpulento, de cabellos oscuros y abundantes, vivía a pocos metros de distancia, frente a casa y en el quinto piso sobre la vereda de los impares. Yo no siempre podía distinguirlo bien por estar ubicada mucho más abajo. Eso me impedía tener una visión perfecta por lo que en algunos casos tuve que hacer uso de mi imaginación.
Todos los días lo miraba, allá arriba, apoyado en su baranda. Desde mi casa yo parecía una más entre las viejas chusmas de los alrededores (aceptaba que tal vez fuera chusma... ¡¡pero no vieja!!). Nosotros nunca nos habíamos saludado ni hablado pero su sola presencia me brindaba una mayor seguridad. Después de todo, él era para mí una compañía. Cómo imaginar nuestros pasos futuros.
Poco tardé en descubrir su rutina, que cumplía al pie de la letra: salía de su departamento con los primeros brillos de la luna. En esos momentos yo podía verlo completo. Después, al recostarse contra una pared, y sentado en el piso para fumar mientras mateaba con un termo azul a su lado, sólo lo imaginaba. No podía llegar a verlo. Sin embargo, mis ilusiones eran tales que esperaba a que se levantara, quizás por conocer bien sobre sus próximos movimientos. Estos serían arrojar la colilla de un pucho, o entrar para cambiar la yerba. En ambos casos se acercaba cuidadoso al borde para mirar la calle, y me ratoneaba al pensar que por unos minutos, aunque fueran pocos, sería sólo mío.
Este muchacho, si bien joven y bien parecido, era de carácter reservado y muy poco afecto a las sonrisas: sin duda, todo un solitario. Esto me hizo sentir pena por él, pero... ¿en realidad, me convencí alguna vez de que era pena? ... ¡No! ¡En el día
de hoy aún mis recuerdos logran sonrojarme! Algunas veces, hasta llegué a pensar
en lo lindo que sería presentarme a sus puertas para sacarlo de aquel ostracismo. En realidad esto era lo que quería hacer con un propósito nada oculto: el de poder pasar luego horas enteras juntos. Sí, una de mis ideas tontas que nunca me saqué de la cabeza. Mi enorme paciencia me hizo confiar en obtener buenos resultados. Todo hubiera marchado bien. Hasta el día que lo descubrí acompañado.
Poco interesante para mi gusto, ella era de baja estatura y anchas caderas, pero de buena figura, muy bronceada. Los miré absorta mientras salían juntos al balcón. Un tenue resplandor proveniente del interior, quizá una lamparita, me permitía ahora observarlos con total claridad. Pero claro ¿quién era yo para juzgarlo? ¿Acaso él me pertenecía?
Otra vez lo vi sentarse como era su costumbre con su termo azul a un costado. Mientras tanto la dejó tendida sobre una manta. Tras este paso previo sus manos comenzaron a deslizarse con destreza y suavidad sobre ella; parecía acariciarla; ella solo esperaba boca abajo, con su espalda hacia él, separada de las baldosas del balcón por una simple tela. Él comenzó a frotarla desde abajo, con esmero, para seguir hasta llegar arriba por detrás. Terminada su parte trasera la hizo dar vuelta, para de esa manera poder dedicarle todos sus esfuerzos cara a cara. Una mano, la izquierda, resbalaba con exquisitez por su cuello mientras el otro brazo le envolvía la cintura para así llevarla contra su pecho cada vez más cercano. En aquel instante preciso en que la rozaba apenas, con su gran habilidad, le hacía ver las estrellas (en forma literal). Un buen rato siguió con toda maestría hasta poder hacerla vibrar y estremecerse... para oírse luego unos murmullos de satisfacción.
Desde mi casa no podía oírlo bien. Sin embargo me sentía invadir por unos celos enfermizos. Sus actitudes fueron cada vez peores. Él aparecía cada noche con una diferente. Las recién llegadas tenían asegurado recibir el mismo tratamiento que la primera. Llamaba mi atención notar su gran capacidad para satisfacer todas aquellas exigencias. Todas debían aprobar una última prueba al ser arrojadas – siempre lo creí así – en una cama… Esto daba lugar a mi más frondosa imaginación. Después de un momento, ya satisfecho, volvía a salir pero nuevamente solo. Algunas noches me pareció verlo tararear de contento.
Esas acciones se hicieron un hábito. Ya no me asombraban, a pesar de sentirme a solas en mi departamento. Comprendí que esta etapa de mi vida debería terminar lo más pronto posible. El camino para conseguir ese objetivo estaba plagado de dificultades. De cualquier modo – sin volver a mirar hacia su piso – él quedó siempre grabado en mi memoria.
Una noche lo vi, sumido en sus pensamientos, mientras con su brazo examinaba las dulces curvas de otra de sus compañías. La punta de aquellos dedos tan ágiles tardaba bastante en moverse. Parecía una dulce caricia dedicada a quedarse sobre el cuerpo de una morocha. Durante mucho tiempo ambos continuaron allí, mientras yo me mordía los labios para no gritar algo desde mi balcón. Me extrañé al notar que todas tenían casi idéntica figura, como si fueran elegidas. Solo variaban los tonos de un mismo color. Las claras y las oscuras eran tratadas de la misma manera. Al no tolerar ya mis sentimientos decidí intervenir. Crucé la avenida y subí hasta su piso. Cuando abrió su puerta para atenderme pude comprenderlo mejor… boquiabierta, desconcertada, con más optimismo, vi algo que era demasiado suspicaz para notar. La morocha estaba en su mano izquierda. Era la última que vi antes con él en esa noche, antes de cruzarme a visitarlo, sin saber bien qué decir. Me quedé mirándolos, atónita, estupefacta, y descubrí la verdad, celosa de aquella guitarra… y de todas las demás.
_________________ "quien busca un amigo sin defectos, inevitablemente se queda sin amigos" |
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